Puntos suspensivos…

cartaTe escribo desde la distancia, después de la tormenta. Ahora que ya casi no me tiembla el pulso al hacerlo. Si, me temblaba el pulso cuando te escribía, y cuando lo hacías tú me latía el corazón a mil por hora, pero claro, tú eso no lo sabías.

Como tantas otras cosas.

Lo cierto es que hay muchas cosas de mi de las que no tenías ni idea. Como por ejemplo, la cantidad ingente de horas que dediqué a pensar en ti, en ese “nosotros” que nunca existió y a imaginar momentos que nunca sucederían. Y la cantidad de noches que soñé contigo…

…y las que sueño todavía.

Tampoco sabes que solía fantasear con que un día llamaras a mi puerta.

Quería verte, si. Lo creas o no quería verte. Pero me aterraba la idea. ¿Por qué? Pues bueno, tú lo tenías claro, o eso parecía. Pero yo no. No sabía quien era, ni quien quería ser. No sabía lo que sentía, aunque sabía que sentía algo. No sabía cuánto tiempo más estaría en la ciudad, en aquel hogar “de prestado” o si probaría suerte lejos, como llevaba meditando meses, o más bien años. Y luego…luego estaba él. Esa persona maravillosa y perfecta, que no se merecía sufrir. Y todo hacía un combinado peligroso que me sumiría en una especie de pozo en el que habité durante varias semanas, unas diez más o menos.

Quería tenerte cara a cara y aclararme a mi misma lo que sentía por ti. También quería tantear si para ti no era más que un capricho pasajero, aunque creía que no. Pero tenía miedo. Miedo de no aclararme jamás, miedo de que sucediera algo y hacerle daño. Miedo a que ese “algo” jamás sucediera. Y ¿sabes qué? también algo de miedo al “qué dirán”. Ya ves, soy así de idiota.

Imagino que esto último te sorprenderá, porque pensabas que todo me importaba más bien poco. Otra de las cosas de las que no tenías ni idea de mi es que me como la cabeza. Y mucho. Quizás demasiado. Y mientras pienso y pienso, las cosas van pasando delante de mis ojos, y se van escapando. E intento alargar el brazo para atraparlas pero estoy tan cansada que para cuando logro estirarlo del todo..ya no hay nada que agarrar.

Una de esas cosas solía imagina es que un día en que me sinceraría contigo por completo, que te lo contaría todo, desde el principio. Todo lo que no te dije  durante esos meses. Pero nunca llegó a pasar. Pensé en buscarte antes de irme, y contártelo todo. Pero la única vez que me sinceré medianamente contigo ambos sabemos lo que sucedió.

Así que dejé que la despedida –que nunca creí que fuera tener lugar, francamente – fuera fría. Y también me arrepentí de ello. Te hubiera abrazado toda la noche.

A veces pienso que un “nosotros” nunca hubiese funcionado bien. Tengo una estúpida teoría que dice que una pareja sólo funciona bien cuando a uno le gusta bailarle el agua al otro, y al otro le gusta que se lo bailen. Y creo que los dos éramos de los segundos. Pero claro, quizás sólo me decía esto a mi misma para consolarme.

Había algo que no me gustaba de ti. Seguramente la única cosa. Y era la capacidad que tenías de darle la vuelta a las cosas, del “¿y por qué no has hecho esto?” o “¿y por qué hiciste esto otro?” cuando no estábamos hablando de mí. Esa capacidad de hacerme sentir culpable, pequeñita. De hacerme sentir pánico de hablarte porque no sabía si me responderías esa prepotencia que tú tienes, o si directamente no contestarías. Pero eso fue al final. La verdad es que a toro pasado, te veo casi perfecto.

Si te soy sincera, te diré que ejercías un poder extraño sobre mí. Ese que hacía que me temblara todo y me subieran las pulsaciones. El que, como ya te he dicho, me hacía sentir pequeña. Y la verdad, es que estoy acostumbrada a que los hombres me hagan sentir grande. No sabía si, si ese “nosotros” sucediera, acabaría perdiendo mi esencia. Eso también me daba miedo.

Porque en esta historia casi todo va de miedos e inseguridades. Sí, soy miedosa, insegura, y me como la cabeza. Por si no me conocías bien. Seguramente nunca nos conocimos el uno tanto como creíamos. Y quizás ya, jamás lo hagamos.

Te voy a contar una cosa: creo que nunca supe gestionar el dinero ni los sentimientos. Es algo que se me escapa. Respecto a lo de los sentimientos, creo que es porque soy algo asocial y mi inteligencia emocional es bastante baja. Creo que en eso no nos parecíamos nada. A ti se te veía seguro de ti mismo, cómodo rodeado de gente, atractivo al hablar. Eras tan guapo…

Eres la primera persona que sacó mi parte celosa que no sabía que existía. Y en fin, fui como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Ese “ni contigo ni sin ti”. Ese marear la perdiz para nada. Debería haberte dejado tranquilo.

Cuando pienso en ti me viene a la mente una frase de Sabina, que resumiría perfectamente esta carta: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nuca jamás sucedió”. Y es que, escogí soñarte en vez de hacerte realidad.

Dicen que es mejor arrepentirse de haber hecho algo que de no haberlo hecho. Pero dejemos a un lado letras de Sabina y frases hechas. Total, nunca leerás esta carta.

Aunque pueda parecer ingenua, me hubiese gustado, que al menos, pudiéramos llamarnos amigos. Tonta de mí.

Una vez escuché que “crecer es aprender a despedirse”. Pero yo no quiero despedirme de ti. Por eso, en esta carta, tampoco lo haré. Prefiero terminar con unos puntos suspensivos

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